
LLegué tarde, como siempre. Pero ahí estabas tú. LLevabas ese vestido rosa que te gusta tanto, y los labios pintados de rojo fresa. Se te veía nerviosa, pero yo también lo estaba. Esperabas en aquella estación, esperabas como siempre habías estado haciendo. Te toqué por detrás y te asustaste, luego supiste quién era y tras una sonrisa empezaste a llorar. Yo te dije que sentía haber tardado tanto, y que me encantaba hacerte llorar de felicidad. Habíamos imaginado tanto ese momento que cuándo llegó fue perfecto. Nos dimos un abrazo, un abrazo que borró todas palabras que nos habíamos dicho desde hacía años atras. Las borró porque al fin las pudimos sentir. Siempre lo supe, pero aquel día lo confirmé: eras mi media mitad. No podía creer que te tenía delante, asi que te pellizqué para ver si eras un sueño de esos que se desvanecen. Te quejaste, yo te había hecho daño. Me disculpé y te dije que sería la última vez. Luego te conté mi viaje, como siempre me había pasado algo insólito. Despúes de hablar largo rato me enseñaste tu ciudad, me llevaste a conocer a tu familia y me mostraste las cosas de tu vida cotidiana: tu baño, dónde te lavabas siempre, la cocina dónde comías, el sofá donde te tirabas, el ordenador en donde te sentabas cada noche a hablar conmigo, tu instituto y la panadería de tus padres. Hicimos nuestras tonterías de siempre, estábamos tan felices que no podíamos ni creerlo. Toda la vida buscando mi mitad para darme cuenta de que estaba ahí, a mi lado desde el principio. Por la noche pude dormir contigo, a tu lado como siempre había imaginado, y lo que pasó despúes nos lo guardamos, porque queda como nuestro por dentro y para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario