miércoles, 2 de febrero de 2011

Tus ojos me miran y ya no tengo miedo.

Despúes de tres enormes años conseguí olvidarle. Y me dí cuenta de que "un clavo sacaba a otro clavo" era verdad. Tan solo tuve que encontrar ese clavo. Me pasé días, años, meses buscándolo. Esperando a que llegara pero no llegó, no hasta que dejé de buscarlo. Las cosas más importantes en la vida son las que no se buscan, ellas son las que te encuentran, llegan a tí de forma inesperada y cuando menos te lo esperas... aparecen unos ojos que te miran y entonces ya lo sabes. Sabes que por fin tu busqueda terminó, que la persona que te hará olvidar todo lo demás ha llegado.

Hacía un calor abrasador, de esos que matan. Pero me daba igual con tal de verle. Había imaginado tanto ese momento que cuando llegó ni me lo creía. Por fin. Me lo merecía, es verdad. Y él se lo merecía también. Los dos. Era como si la vida nos hubiera dado tantos palos para ponernos juntos y vivir lo que en un principio tendríamos que haber vivido. Le ví a lo lejos y de nuevo se me cortó la respiración. Pero daba igual, ya empezaba a acostumbrarme. Saqué con disimulo aquella muestra de perfume y me rocié el cuello. Entonces me dirigí a saludarle. Dos besos. ¡Vaya! como era la primera vez que nos veíamos no me sorprendió, pero lo cierto es que esperaba algo más. Me fijé en sus ojos. Esos ojos con los que había soñado día y noche, despierta y dormida. Eran verdes con un poco de azul. Como el mar. Y como siempre solía ocurrir con otros hombres, la lengua se me paralizó y las palabras se trababan. De pronto cualquier tema de conversación de esos que tanto había ensayado se esfumaron, y ya no supe de que hablar. Mucho tiempo había pasado desde que empecé a buscar la perfección y allí estaba, delante de mí. Cómo una perfección imperfecta. Toda lavida había soñado con encontrar a esa persona que me quitara las palabras, que me dejara muda sin saber que decir, pero que no hiciese falta porque sólo con mirarme a los ojos ya sabría todo lo que quería decir y no podía. Descubrí que era mucho más lo que nos unía que lo que nos separaba. Volvió a revivir las mariposas que habían muerto en mi estómago, pudieron volar de nuevo. El corazón se me aceleró, latiendo a mil por hora mientras sus ojos me robaban el sentido. Entonces supe que ya no tenía miedo. La espera había valido la pena porque sí, había encontrado al fin mi media naranja. Y os juro que si existe, sólo hay que saber esperar a que llegue.

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