Tenía 19 años y algunas canas. Pensando se cansó de pensar y en un momento abrió los ojos y los volvió a cerrar. Miró las nubes, el cielo azul y los arboles verdes, vivos como siempre en primavera. Los escuchó gritar, susurrar cosas que nadie podía entender, secretos que sólo el mas inteligente, la mas soñadora, el más vivo, podría escuchar. Inhaló el aire cargado de polen y de flores de loto, de margaritas y amapolas y de alguna que otra flor que crecía entre la hierba de forma tímida. Puso sus pies en la tierra, sonrió y extendiendo los brazos como si fuese a despegar dijo: ¡qué bello es vivir! y voló alto, altísimo, a dónde ningún avión, cohete o satélite podría llegar jamás.
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